Cartas al Director

Tu voz en la Red

Daily Archive: noviembre 8, 2012

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noviembre 2012

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MI ÚLTIMA CARTA.

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Todo puesto en el alfeizar la sonrisa el enfado, la pregunta sin respuesta. De vez en cuando la compra en la tienda de comestibles y allí no dejan que pida el que necesidad tiene de una comida diaria. Por eso solo acudo a la tienda de comestibles cuando es domingo y olvide algo.
Suelo responder cuando la señora aupada en bienestar realiza el cacareo con impertinencia: Yo no les doy a los que piden se lo gastan vete a saber en qué.
¡Yo en contra…! Dejé de dar el café a quienes poseen y abro cuando a mi puerta llama el transeúnte y comparto lo que tengo.
El más pequeño de la casa usa a menudo ¿Compartimos?
¿A quién importa la realidad que se ha instalado en España?
Una Sociedad que ha perdido sus principios de lealtad. De convivencia. Respeto.
A cambio nada es lo que era. Delincuencia permitida desde las/ y por la grandes esferas. Jóvenes llevados por sus progenitores al corrillo de la litrona para que se diviertan. Latrocinio de los poderosos que lo son ahora aunque antes del montón fueran.
Buscando bocanada de aire fresco la ventana me ofrece un ramillete de rosas.
Mis rosas. Rosas que no puedo ofrecer ya que pronto marchitan.
La pared sin sol me advierte, de que fuera la noche acecha y mis pasos menos seguros me hablan de la tristeza del otoño, que no es comparable a la familia que llora la pérdida de su nido, porque halcones y zorros se lo robaron.
¡Mi última carta!
¡Como desearía que fuera la última carta en hablar de la desidia de los Gobernantes para con su Pueblo!
De la pobreza con dientes de parca; que poco ronda a los especuladores.
Desearía… Poder decir; que me equivoque en palabras.
Que nuestra contribución no ha sido vana.
¡Creé un Reino de papel!
Y lo hice Cartas.

Carmen Amigó y Pérez-Mongay

neumaticos-online.es

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Al salir del supermercado

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Hoy, al salir del supermercado, una señora que parecía que esperaba a alguien, con un abrigo gris de buen corte, se giró y se dirigió a mí. En un primer momento pensé que me pediría la hora o algo así de banal entre dos personas de “clase media”. Pero pronto vi sus ojos, su mirada que reflejaba una profunda vergüenza, y un dolor insoportable. Me dijo: por favor, ¿puedes comprarme algo de comida? Me quedé sin palabras y ella pensando que debía darme algún tipo de explicación, me contó rápidamente que su marido estaba enfermo y no podía pagar el tratamiento y que su hijo no tenía trabajo. Le pregunté qué necesitaba porque en el fondo, me seguía pareciendo que hablaba con alguien que se había olvidado de comprar el azafrán. Sus palabras, casi susurradas para que no se le escapase entre ellas la poca dignidad que creía que le quedaba, me devolvieron a la realidad. Leche, pan, lo que usted pueda- me dijo. El alma a los pies. Cuando salí y le di la bolsa, se empañaron sus ojos, y los míos. Ni siquiera pude decirle ánimo. Nudo en la garganta. Algo se ha roto. Malditos bancos, malditos políticos, maldito neoliberalismo, darwinismo social.

Volví para casa con el corazón acelerado. Quería llorar, no, gritar. Podía haber sido mi madre, o la tuya. Pero nunca será la madre de Rajoy o la de cualquiera de su calaña, no, porque es más, todo lo que defienden y a los que defienden se enriquecen precisamente robando a estas personas, robándonos. Nos roban nuestro dinero con la corrupción, no pagando impuestos, teniendo sus bienes en paraísos fiscales, rescatando bancos, subiendo el I.V.A, haciéndonos pagar no una ni dos sino hasta tres veces por un medicamento. Nos roban la dignidad al destruir empleo, al hacernos pagar por una deuda que no es nuestra, sino de ellos. Nos roban la esperanza. Y, a muchos, les empezarán a robar la vida.  Ojalá exista ese dios que la mayoría de ellos usan como abanderado de la falta de libertades, porque les juzgará a todos. Mientras, la justicia en la tierra sólo existirá si unimos nuestras voces y decimos basta.

Había oído el caso de ese hombre en Grecia que se suicidó en una plaza pública para que todos supiesen que, después de trabajar toda la vida, se negaba a buscar comida en la basura, quise pensar que era una excepción. Había oído que si la situación no acababa de explotar en España era por la fuerte cohesión familiar que tenemos, aunque para eso quedaba poco, y quise pensar que esa situación realmente no llegaría.

Pero ha llegado. Hoy, al salir del supermercado, una señora que parecía que esperaba a alguien, con un abrigo gris de buen corte, vago recuerdo de lo que fue hasta no hace mucho su vida, me pidió que le comprase comida, “leche, pan, lo que pudiese”, con vergüenza, casi susurrando para que no se le escapase el hilo de dignidad que creía que le quedaba. Si no es a ti, le pasará a un vecino, a un amigo, a un familiar. Pero ha llegado ese momento. Hoy lo he visto. ¿A qué estamos esperando?